MAGIA EN EL MONT BAR

Hoy escojo que sea un día mágico. Creo en el poder de la intención, la convicción de que algo va a suceder desde dentro, hace que se produzca.

Evidentemente con mi plan de hoy, poco margen de error puede haber, pero nunca se sabe.

Hoy es un día laborable que tomo como libre, empezamos bien.

Me lanzo en moto a través de Barcelona, parece que algo pasa con la energía cósmica, que envía motos, coches y furgones de reparto para intentar tirarme, ¿serán celos de mi decisión de que hoy sea un día perfecto? Sobrevivo.

Aires de Barcelona. Respiro hondo y me sumerjo en un paraíso subterráneo de vapores, perfumes, aguas, luz tenue, velas y los mil y un detalles que harían las delicias de cualquier pareja enamorada o persona de alma sensible. Masaje: todo va sobre ruedas, me han sacado “a palos”, lo pedí yo, todos los nudos y tensiones acumulados en los últimos meses. Ya no hay vehículos asesinos, no hay dolor muscular, no hay pesadumbre mental. Como nueva llamo al restaurante para avisar que llegaremos un poco tarde.

Estoy ilusionada. Volver al Mont Bar es un privilegio y un deseo latente desde que sales hasta que vuelves a repetir. Hoy le ofrezco la experiencia a Jesús, con quién comparto el día de hoy y mi vida.

La deliciosa e impecable terraza nos recibe vestida a rallas blancas y negras, flores frescas, mármoles en pequeñas y redondas mesitas vistas, mise en place lista para recibir a unos 8 comensales.

Entramos. La antesala clarificaba el estilo a esperar en el interior: bistro, bar de muy buen gusto. Se identifica la informalidad y frescor intencionadamente ordenado y pensado por sus tres interioristas: Akio Numa, Oriol Reus e Isabel Merino. Un acogedor lugar.

Nos sientan en la mesa solicitada, en mi opinión la mejor del restaurante, pequeña pero cómoda, al lado de la ventana y con sillas bajas, no taburetes.

Miro ansiosa la propuesta gastronómica, ¿Qué novedades ofrecerán? ¿Seguirán mis imprescindibles en la carta? ¡Sí!

Quiero, quiero, quiero, dos Sandwich de pies de cerdo y camarones. Repito este manjar sencillo pero de elección combinatoria excelsa, en cuanto a sabor como en textura. Los camarones a modo de pan forman una fina capa amalgamada crujiente por fuera y una masa uniforme, húmeda y tierna por dentro que atrapa el “relleno” de finamente picados pies de cerdo deshuesados, evidentemente, y que subrayan la gelatinosidad del conjunto. Imprescindible snack.

Allí donde ofrecen algo crudo, allí voy de cabeza. Siempre he preferido la carne y verduras tratadas en cocciones cortas y el Steak tartar es un imprescindible reiterativo en mi vida. Pero en el tema del pescado, en mi evolución gustativa y de valoración de las texturas, voy alejándome de la “tradición” occidental en cuanto a cocciones y cada día aprecio más el pescado crudo.

Dos grandes opciones ofrece el Mont Bar. El Niguiri de vieira y anguila, en formato snack y la Ventresca de atún marinada con emulsión de piñones, un entrante al que sucumbir.

El primero se presenta como un tartar de vieira a modo de falso arroz, con un trocito de anguila ahumada pincelada con salsa Teriyaki. A envolver en una hoja de Capuchina se ha de mojar en una salsa de Miso con sésamo negro. En boca: viscosidad del tartar de vieira, fuerte personalidad de la anguila en retrogusto y umami de la salsa. Gran bocado marino, fresco e intenso a la vez, brillante.

Y mi perdición: la Ventresca de atún. Me alimentaría de ella todos los días. Presentada con una campana de cristal llena de humo de Haya, marina las grasas laminas de atún en su camino desde la cocina. Pequeñas dosis de emulsión de piñones y cristales de sal repartidos estratégicamente sobre las ondas rojizas para que cada bocado mezcle los sabores en boca. En esta sutil combinación en que se respeta el sabor natural del pescado y se subliman tanto los ingredientes como los sentidos.

Antes del atún tomamos lo que nuestro camarero sugiere y que mi ojo avizor había ya adjudicado como novedad imprescindible: el Tiramisú de erizo de mar y trufa. Boquiabierta me quedo cuando aparece. Parece un postre, intencionadamente como su nombre sugiere. Pero la complejidad de matices supera al clásico italiano en una arriesgada pero eficiente combinación de ingredientes. Dos finas capas de bizcocho, crema mascarpone trufada repartida a puntitos que potencia la imagen de postre. En su capa superior trufa laminada y cuatro yemas de erizo de mar enteras dispuestas coronando este espectáculo. Y como quién no quiere la cosa un charquito de salsa oscura de pollo y un ligero espolvoreado de cacao amargo, que potencian y rematan el sutil y equilibrado conjunto.

Antes del postre, Cochinillo de Extremadura con su salsa clásica y guarnición de Helado de Té Verde. Sinceramente es de lágrima. Lo presentan como una terrina de cochinillo deshuesado, más plana que alta, para deleitarnos con más superficie de crujiente piel, ¡gracias! A pesar de que el helado casa muy bien con el cochinillo y su salsa, y entiendo su intencionalidad: hay quién considera el cochinillo “fuerte” en aromas y el helado dulcifica el conjunto, en este caso, yo, no lo encuentro necesario. La terrina es tan excelsa con su salsa que añadirle algo es una pena, por muy equilibrado y acertado que sea, debería presentarse sobre una tarima a modo de adoración.

Acabamos la botella de Dido 2016 que nos ha regado durante la comida. Siempre una grata compañía. Hablando de compañía, hemos entablado una curiosa y profunda conversación con unas desconocidas de la mesa de al lado. En locales tan recogidos y entrañables, como el del Mont Bar, se genera un fluir que da lugar a “momentos cucos”, como dice uno de los protagonistas del film “Hollyday” y en un día predestinado a la magia más aún.

Aunque los postres son tentadores, me apetece algo salado más y rematar con queso es ya una tradición. Eso hago. Acompañados a mi petición por el excelente pan de la comida. Deliciosos. Bueno, añado una copita de Hechizo de Pedro Ximénez para decorarlos en boca. Excelente.

Como la confianza con la mesa adyacente ha ido in crescendo nos regalan la mitad de su delicioso postre de Trompetas de la muerte, Chocolate blanco, avellanas y trufa. Mil gracias, un final sutil, original y muy interesante.

Parece que somos los últimos, las chicas han de ir a trabajar y nosotros a seguir con esta buena vida del día de hoy. Se cierran los porticones de madera negra, que cubren ventanas y puerta, prácticamente a nuestro paso.

Al salir encontramos a Jordi Guerrero que conozco de mis anteriores visitas y al que siempre se puede ver en esta acera del Eixample yendo y viniendo entre el Mont Bar y el Mediamanga, restaurante hermano pequeño del primero y con el que comparte esquina. Tengo ganas de conocerlo desde que abriera hará un año, pronto iré sin duda.

La aventura que iniciara, hoy hace 5 años, el aranense Iván Castro con Manel Arjo y Pedro Salinas, ha ido evolucionando y creciendo. Hoy en día su Chef Javier Mendez y Domenico Ungaro junto con Iván y sus socios, caminan hacia la ansiada 1ª estrella Michellin, con paso firme y paladar excelso nos acompañan al placer en cada bocado y a cada sorbo de su magnífica bodega.

La magia se ha dado hoy en este Bar que aún siéndolo es ya un templo gastronómico.

Restaurante Mont Bar, Barcelona, 22 marzo 2018

MI FEELING

EL PERSONAL: Amable, eficaz, relajado.

EL LOCAL: Bar informal, acogedor, de cuidados detalles y muy buen gusto.

LA GASTRONOMÍA: Inspirada, sabrosa, equilibrada, sutil, deliciosa, respetuosa con los ingredientes, evolucionada.

EL PLACER: Constante, se graba en el recuerdo sin remedio. Intensamente sutil y persistente.

GENERAL: Imprescindible. La constancia ya es un grado, repito y nunca defrauda. Excelso.

INFO

RESTAURANTE MONT BAR

Calle Consell de Cent, 220, 08011Barcelona

933239590

www.facebook.com/montbarcelona/

Fotografía cogida del Facebook del Mont Bar, brindando por sus 5 años de apertura.

¡Felicidades!

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